El violín de Micchielina
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-¡Inconcebible!- Los pasos del cura resonaban por el pasillo del orfanato. Iba tan rápido que la larga capa de color pardo no le seguía el ritmo y los bajos parecían volar.
- ¡Micchielina! ¡Suelta ese engendro ahora mismo! - Dijo entrando de un portazo en la sala de ensayo, donde la joven violinista ensayaba junto a sus compañeras.
- ¿Mi violín? Pero, señor Vivaldi, me lo acaban de traer. - Respondió la niña.
- No es aceptable. He tenido conocimiento de que el maestro de Capilla ha rescindido el contacto del luthier Tononi. Una semana antes de la presentación de la nueva obra. ¡Ese hombre no tiene respeto por el trabajo que hacemos aquí!
- Señor, el luthier Tononi contrajo matrimonio con Giulia, la violonchelista, hace unos meses y tenía ya previsto su traslado a Padua. Incluso vinieron a despedirse. ¿No recuerda haberse enfadado porque Giulia se marchó de la orquesta? Además el nuevo luthier, el señor Guarnieri, es un artesano de prestigio. Me ha traído el violín él mismo y estaba deseando conocerle, pero usted no se encontraba en el Ospedale y ha tenido que marcharse.
El cura aguantó la respiración mirando al techo e instintivamente empezó a pasar los dedos por las cuentas del rosario, para calmarse, pero no lo logró. Se acomodó los rizos pelirrojos y salió de la sala de ensayo, de vuelta al despacho del maestro de Capilla. Todos los grandes señores se iban a desplazar hasta Venecia sólo por esta razón y ahora tenía que presentar La estravaganza con el primer violín arreglado por un desconocido.
El Ospedale le gustaba. No había disfrutado el año que la junta lo expulsó y tuvo que volver a tocar de corte en corte con su padre. Sus días de intérprete habían pasado y el orfanato le permitía seguir siendo sacerdote sin ejercer de sacerdote, una profesión que aborrecía. Había logrado formar a unas cuantas concertistas brillantes y Micchielina tenía madera de compositora, aunque aún estaba muy verde, como demostraba el asunto del cambio de luthier. Conseguía que las niñas salieran de allí con una formación suficiente para ser enseñante o hacer un buen matrimonio. A fin de cuentas eso era por lo que le pagaban.
Pero este concierto podría cambiarle la vida. Podría ser compositor de alguna corte por fin. No maestro, ni concertista, ni sacerdote.
El maestro de capilla se encontraba reunido con Sor Valentiana, la responsable de las pupilas de más edad y en opinión de Vivaldi, una alcahueta española que dedicaba su tiempo a hacer mellas en su orquesta a base de matrimonios concertados. Tener que esperar lo puso aún más nervioso. Para cuando llegó su turno de hablar con el maestro, estaba tan alterado que, a la primera negativa de su superior volvió su maldición.
Su mal de aire, que le impedía respirar normalmente, lo había perseguido desde su nacimiento. Y así, ante la mesa del maestro de capilla y la mirada de Sor Valentiana, cayó al suelo desmayado por sus dificultades respiratorias.
Con el Maese Vivaldi encamado y dormido, Sor Valentiana se encaminó a la sala de ensayo, para recoger a sus pupilas para la misa de doce. Como siempre, los rumores corrían por la institución más rápido que el agua por los tejados, y las muchachas ya estaban enteradas de la situación. Micchielina se lamentaba en voz alta, con la lágrima a punto de asomar. Algunas niñas expresaban su preocupación con más o menos impostura, otras estaban ya acostumbradas a los males de su maestro y le restaban importancia.
Pero no así Sor Valentiana. Aunque “il prete rosso” le resultaba un poco cargante, apreciaba su labor como enseñante y cómo contribuía al prestigio al alza de la institución. Un Vivaldi enfermo, encamado o directamente reticente a la ejecución del concierto era una terrible noticia para el Ospedale.
Tocaba, como correspondía a su condición de monja, remangarse los hábitos y resolver el conflicto.
Dedujo que ninguno de los sacerdotes iba a dar su brazo a torcer y que la solución pasaba por, perdón de Dios mediante, un pequeño engaño.
Mientras acompañaba a las niñas se rezagó a propósito con dos de ellas. Por un lado, Anna Maria, la que fuese compañera desde la cuna de Giulia, pues fueron acogidas en orfanato el mismo mes y se habían criado como hermanas. Por el otro, la prima del luthier Guarnieri en persona. Ambas tendrían un papel en esta trama.
Habría que convencer al maestro Vivaldi de que mientras se recuperaba de su mal, el violín de Micchielina había vuelto a ser encordado y revisado por el luthier Tononi, para lo cual había que contar con la complicidad del luthier Guarnieri, la del maestro de capilla y la del mismo Tononi. Este esquema debía llevarse a cabo a espaldas de todo el orfanato y, en especial, de Micchielina. Pues aún en contra de sus propios intereses, esta no habría permitido que se engañase a su maestro.
Durante toda la semana, cartas verdaderas y falsas fueron escritas, para convencer a un Vivaldi convaleciente, y a una Micchielina recelosa, de que efectivamente el luthier Tononi había venido a preparar su violín con el beneplácito de Guarnieri.
El día anterior al concierto un desmejorado pero orgulloso Vivaldi llega a la sala para hacer el ensayo general.
-Señor Vivaldi, ¡Cuánto me alegro de verle recuperado! - exclamó Micchielina. - Ruego que me perdone, realmente el arreglo del maestro Tononi es infinitamente superior al del luthier Guarnieri.
| Antonio Vivaldi - Por Francois Morellon de La Cave |
Esta es mi primera participación para el concurso de relatos del blog literario EL TINTERO DE ORO
El tema del mes es un personaje histórico y yo he elegido, como no podía ser de otra manera este mes, a Antonio Vivaldi.
Como tengo esa pulsión investigadora propia de los diseñadores, tras decidir el personaje y el argumento, me lancé a la búsqueda de datos Históricos (con mayúsculas) que encajasen con mi historia (con minúsculas). No me he podido resistir a introducir algunos personajes, lugares y hechos históricos extra en el relato. Aquí los dejo por si quieres cotillear sobre la Venecia barroca.
Tanto Micchielina como Anna María fueron realmente compositoras y discípulas de Vivaldi. Micchielina se labró una reputación como compositora y Anna María llegó a ser maestra en el propio orfanato. Ambas eran niñas expósitas, como la violoncelista enamorada y absolutamente inventada Giulia, entregadas de forma anónima a la institución.
Los luthiers Tononi y Guarnieri existieron. No tengo datos fiables, pero muy probablemente trabajaron en el Ospedale de la Pietá, puesto que era una institución musical veneciana con muy buena reputación y sí hay registros de instrumentos comprados a ambos luthiers. Estos artesanos trabajaban bajo un sistema parecido al que hoy llamaríamos "licitación", que dependía de nuestro infame maestro de Capilla.
También es cierto que Vivaldi era pelirrojo, sacerdote a regañadientes y asmático, además de bastante impopular entre el claustro del orfanato. Verdaderamente lo echaron durante un año, en el que volvió a realizar conciertos con su padre por las cortes europeas.
La stravaganza no es, curiosamente, una de las piezas de Vivaldi que escucho incesante e involuntariamente, pero es la única que me cuadraba en fecha y que sé que se presentó en Venecia.
He tenido que recortar unas 600 palabras de los tejemanejes de Sor Valentiana, hasta el punto que me planteo hacer una versión extendida cuando haga la traducción al inglés (porque este blog es bilingüe por decreto ley). Casi doy en el palo y me he quedado en 899 palabras.
Me ha encantado participar en este, mi primer concurso de relatos, y puede que lo vuelva a intentar el próximo mes.
//This post will be soon translated



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